Feng Shui significa “viento y agua” y, como muchos
otros conceptos provenientes de la cultura china, la interpretación de estos
términos no es simple. En cierto sentido, “viento” alude a la influencia
invisible que el entorno ejerce sobre nosotros, mientras que “agua” se refiere
a su capacidad para sostener la vida. La armonía que propone el feng shui surge
del diálogo que establecemos diariamente con los espacios donde vivimos y de la
experiencia física y emocional que este espacio genera en nosotros.
Tal como tratamos de proporcionarle a una planta el mejor sol, la mejor tierra y el mejor riego, a través de la práctica del feng shui buscamos proporcionarnos el mejor lugar: respetamos nuestras necesidades más profundas, nuestras percepciones más sutiles con relación al espacio que habitamos. Así, ese espacio se convierte en la tierra fértil en la cual nuestros afectos, nuestra salud y nuestros proyectos podrán germinar y desarrollarse plenamente.
El feng shui se basa en tres coordenadas:
1) Las Formas: Aquí se consideran por ejemplo los pasillos, la posición de las puertas y baños, los colores y todo aquello que podamos percibir con los sentidos.
2) La Orientación: Esta es la parte más compleja del feng shui, ya que relaciona la orientación de la casa con su fecha de construcción, estableciendo una especie de “carta natal” de la construcción. El plano se divide en 9 sectores, en cada uno de ellos se distribuyen los dígitos del 1 al 9 (llamados “estrellas” porque representan ciertas energías) en grupos de a tres. Cada número está relacionado con uno de los Cinco Elementos y la combinación de números determina si el sector es auspicioso o no.
3) El tiempo y las personas: Cada persona tiene una energía individual que determina orientaciones favorables y desfavorables, de acuerdo a su fecha de nacimiento.